sábado, 17 de marzo de 2012

Una puerta hacia el '63.

Tras caminar un rato encima de una antigua conducción de agua, atravesando un bosque de eucaliptos, se llega a este rincón difícil de clasificar. Las pinturas de colores vivos junto al olor del laurel extendido al sol de media tarde invitan a los sentidos a relajarse. Es un entorno a medio camino entre lo irreal y lo mágico, al pie de un barranco. El círculo se cierra cuando alguien te dice: “Bienvenido. Has llegado a la Casa de las Brujas”. 

Jenz, Korbi, Jacob y Kadi están subidos al tejado esperando para dar la bienvenida a Baba Uino (pseudónimo), mi guía y precursor del proyecto que ha revolucionado este pedazo de tierra. Es el único español en este cruce espontáneo de nacionalidades que convive en las medianías de la Isla de Gran Canaria. Aquí, en el lugar más insospechado, experimentan lo que ellos consideran una vida libre y plena, respetuosa con el medio ambiente y alejada de cualquier dogma que hunda sus raíces en el siglo XXI.

Se conocieron hace unos meses haciendo barco-stop en el muelle de Las Palmas de Gran Canaria. Este lugar es un punto habitual de reunión de jóvenes, en su mayoría europeos, que se enrolan de forma gratuita en las tripulaciones de las embarcaciones a vela que cruzan el Atlántico con destino al Caribe. A cambio prestan servicios a bordo, como limpiar, cocinar o ayudar en las labores de navegación.

Por entonces, Baba llevaba algún tiempo recuperando poco a poco esta vivienda olvidada a unos kilómetros de sus zonas habituales de juego cuando era niño. Localizada en el pueblo del que procede parte de su familia, la Casa de las Brujas se convirtió en la excusa perfecta para olvidar temporalmente al continente americano. 

Unas horas después, esta nueva familia disfuncional pero con sólidos valores comunes, había encontrado junto a la antigua Selva de Doramas un hogar en el que compartir sus vidas hasta que cada uno volviera a poner rumbo a su próximo destino, desconocido incluso para ellos.

Tras limpiar y recoger toda la basura acumulada en el interior, se pusieron manos a la obra para habilitar  los caminos que rodean y dan acceso a la casa, recuperar las acequias o extraer la tierra y piedras acumuladas en los dos aljibes que surten a la ducha o la cocina, y que llenan gracias a la lluvia.

“Sólo nos hemos gastado algo de dinero para comprar en la ferretería 30 metros de tubería”, explica uno de ellos, con la que han distribuido el agua por distintos puntos de la vivienda: cocina, ducha –en el antiguo alpendre de los animales- o zonas de cultivo.

No hay electricidad, por lo que sus ritmos diarios vienen determinados por la luz solar. Solo disponen de unos minúsculos paneles fotovoltaicos -construidos artesanalmente por Jacob- con los que cargan pequeños aparatos eléctricos, como un reproductor de música que lleva acoplados unos altavoces.

Todo lo que puedan necesitar, desde comida, ropa o utensilios para trabajar en el campo, lo reciclan. Además, han plantado una pequeña huerta con ajos, cebollas o acelgas y gracias a un libro sobre plantas medicinales han descubierto que la casa está rodeada de distintas hierbas con las que hacer infusiones, aderezar la comida o perfumar la casa. Con la leña que recogen  hacen el fuego para comer o para calentarse cuando hace frío.

“Buscamos en el contenedor que está en el exterior del supermercado al final del día. Es increíble como en un pueblo tan pequeño como éste se pueden llegar a desechar hasta 30 kilos de comida en perfecto estado en un solo día. Frutas, verduras, queso, carne o pan, muchas veces dentro de los envases cerrados”, cuenta Korbi, la única chica del grupo.

Es del norte de Alemania, tiene 26 años, unos grandes ojos color turquesa y un historial recorriendo el mundo desde hace más de un lustro. Reconoce que al comienzo muchos vecinos en el pueblo –que no llega a los 8.000 habitantes-  les miraban con rareza poco acostumbrados a ver personas rebuscando ropa o comida en la basura.

“Si sonríes a la gente, nunca tienes problemas”,  afirma esta joven, que recuerda el primer día que junto a dos de sus compañeros se paseó por el pueblo mientras ellos llevaban falda y ella pantalones. “Todo el mundo los miraba como si estuvieran locos”, continúa. “Si ya hubo una revolución cuando las mujeres decidimos llevar pantalones, ¿por qué los hombres no iban a tener la suya para llevar falda?”, dice.

En la casa no hay normas.  Las puertas nunca se cierran y están abiertos a que se sume cualquier persona que decida compartir el espacio que han ocupado, en el que aprovechan para pintar, hacer música o meditar.  Eso sí, debe imperar siempre el respeto. Es la única condición, junto a la de echar una mano en las tareas diarias que permiten mantener la casa al día.

“Nos gusta vivir en la naturaleza, en paz. Alejados de las ciudades. Aprovechando todo aquello que la tierra nos da”, cuenta con tranquilidad Jenz mientras se lía un cigarro. “Tratamos de aprovechar y cuidar todo lo que podemos el campo”. Si arrancan una pita que entorpece un camino, inmediatamente es replantada en otro lugar donde pueda seguir su vida.

Están contentos en Gran Canaria, donde destacan el ritmo sosegado de la gente. “Una de las primeras palabras que aprendimos en español fue tranquilo”, dicen entre risas. Caminan descalzos y encuentran con soltura la forma de buscar asiento en el suelo.  Kadi, también de origen alemán, hace poco que se hizo daño en un dedo.

“Al rellenarme la ficha me preguntaba la médico: ¿en qué trabajas? No trabajo. ¿Dónde vives? En el campo. ¿A qué te dedicas? A viajar y vivir en tranquilidad.  Mientras se lo decía ella me miraba con curiosidad y acabó diciéndome: ¡yo quiero también tener esa vida!”, cuenta detrás de una tupida barba que esconde su verdadera juventud.

Pero todos ellos insisten que es más sencillo seguir su modelo, a pesar de la absoluta carencia de comodidades, que el nuestro, marcado por las hipotecas, la compra del coche y la “permanente necesidad de consumo”.  Sin embargo, todos saben que su estancia en la isla llegará antes o después a su fin.

Será entonces cuando el destino que un día los juntó en este paraje mágico, los vuelva a separar. “¿No les dará pena? Quizá no se vuelvan a ver más”, pregunto tras ver la fuerte conexión desarrollada entre todos. 
“Seguro que nos volvemos a encontrar. El mundo es muy grande, pero no hay muchos sitios bonitos como éste donde podamos ir”, contestan. 

Pie: La Casa de las Brujas, desde la distancia.

Pie: Korbi, Jacob, Kadi y Jenz, en el tejado.

Pie: En esta zona guardan ropa reciclada para cualquiera que venga a la casa.

Pie: Vistas sobre el barranco de Azuaje, desde la casa.
                                    
Pie: Jenz y Kardi, en el taller de música (nota: las fotos solo se publican en B/N, salvo aquellos casos donde el color aporte valor explicativo). Las paredes, al fondo, convertidas en murales.

Pie: Despensa con parte de la comida que rescatan de los restos desechados por el supermercado.

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