miércoles, 21 de marzo de 2012

Doble mortal de Canarias contra el petróleo. Sobre las prospecciones (y II).

Las Islas han vivido históricamente de espaldas a Marruecos, a pesar del exiguo lazo de mar que nos une con un país y un continente –el africano- con el que el Archipiélago y sus habitantes han asumido desde tiempos antediluvianos que tienen poco que ver.  El canario siempre se ha sentido emocional y culturalmente más vinculado a Latinoamérica, no sin motivos de peso.

Pero lo cierto es que hasta ahora hemos mirado hacia oriente cuando las cosas venían mal dadas. Bien porque el reino alauí colocaba más tomate del pactado en los mercados europeos, bien porque prohibían a los barcos canarios faenar en los bancos de pesca saharianos, bien porque desde sus costas partían en barquillas hacia las Islas miles de personas desesperadas en busca de una vida mejor.

Desgraciadamente, con la cuestión petrolífera, las Islas deberán volver a mirar otra vez hacia donde menos están acostumbradas. Es decir, hacia el este. Nos guste o no, tendremos que poner el ojo en Marruecos. La posibilidad de paralizar la ejecución del Real Decreto que autoriza a Repsol a realizar las prospecciones en el Archipiélago es, según expertos como el jurista Javier Díaz-Reixa, factible.  

Eso sin contar la previsible  presión ciudadana canalizada a través de los distintos grupos ecologistas y de oposición al petróleo que se están organizando en distintos puntos del territorio isleño, con en especial intensidad, en Fuerteventura y Lanzarote. 

Pero en el supuesto hipotético de que se cancelaran o retrasaran los trabajos de Repsol, ¿qué pasaría con los permisos entregados por Marruecos a empresas del sector petrolero para comenzar los sondeos este mismo año bajo sus aguas? Aquí van algunas claves que ayudarán a entender el difícil panorama legal y ecológico con el que se tropiezan las Islas en este segundo caso.

LAS CORRIENTES

Empecemos por la parte que atañe al medio ambiente. Las licencias que Marruecos ha concedido a Tangiers Petroleum Ltd. y a Pura Vida Energy para realizar las prospecciones contemplan que éstas sean llevadas a cabo en varios bloques situados frente a Tarfaya, en un área extensa,  de unos 15.000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, los sondeos se harán en zonas relativamente cercanas a las Islas, a unos 60 kilómetros.

La gran cuestión no es ya la proximidad que existe entre el Archipiélago y las zonas de prospección y futura extracción, sino como explica el catedrático de zoología de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Santiago Hernández, la conexión en cuanto a las corrientes marinas que existe con la costa africana.

“Hay un transporte neto continuo entre África y Canarias”, explica sin dejar lugar a dudas Hernández. Este transporte, que varios científicos de distintas universidades han estudiado durante años con el lanzamiento de boyas seguidas por GPS o con mediciones de la temperatura del mar, incluye desde larvas a partículas, plancton o especies como la caballa o la sardina.

De ahí que actualmente los especialistas puedan asegurar sin lugar a equivocarse que más allá de las consecuencias puramente ecológicas derivadas de la instalación de plataformas en aguas de Marruecos, un vertido desplazaría hasta todas las islas el petróleo derramado en aguas territoriales del país vecino.

Es decir, que por el sistema de corrientes, aquello que ocurra en la costa africana afectará a todo el Archipiélago, no sólo a Fuerteventura y Lanzarote; sin olvidarnos de que los mismos estudios demuestran que el derrame podría avanzar más allá de los 500 kilómetros, pudiendo darse la paradoja de que un hipotético vertido en aguas marroquíes llegara a desplazarse, incluso, hasta Madeira.

MALA SALIDA LEGAL

¿Y cómo podría Canarias defenderse de este posible perjuicio en caso de accidente en Marruecos? Desgraciadamente, existen pocas herramientas. Según Díaz-Reixa, la única opción que tiene Canarias para evitar la instalación de la industria petrolera frente a sus costas, aunque en aguas marroquíes, es pedir ayuda a la Unión Europea para que ésta presione políticamente al Reino de Marruecos.

“Marruecos no es firmante de tratado medioambiental alguno”, explica el abogado, que recuerda que este país tiene una normativa “muy laxa” en cuanto a la protección de los valores naturales.  Dada la actual situación, la única salida que tendría el Archipiélago es presionar para que, por ejemplo mediante la consecución de tratados preferentes en la distribución de productos del sector primario, la UE convenciera a Marruecos de que se olvidara del petróleo.

Pero Marruecos no va transigir. El petróleo es un negocio mucho más lucrativo. Y muestra de eso y del momento determinante que vive la carrera petrolífera en el país vecino es la reacción de Tangiers Petroleum Ltd. y Pura Vida Energy cuando se les requiere para realizar una entrevista con sus directivos.

La empresa que lleva la gestión de la comunicación de ambos, que curiosamente es la misma, te despacha con un bucólico: “it turns out the companies have a lot on their plate at the moment and are not in a position to comment at this time”. Es decir, que se están jugando mucho y nos les conviene entrar a valorar ninguna 
cuestión que rodee este tema.

Por ello la lucha de los canarios contra la industria del oro negro se prevé larga y con distintos frentes, dado que si bien el frente español podría llegar a detenerse, el flanco marroquí de la cuestión no solo permanece abierto, sino disparado hacia su consecución con un objetivo claro a corto plazo: la apertura de dos pozos previstos para mediados de año.

Si desertas, no esperes ser bienvenido. Sobre las prospecciones (I)


El pasado viernes el Consejo de Ministros aprobaba de forma sorpresiva –la decisión no se esperaba al menos hasta el verano- el Real Decreto que da luz verde a Repsol para llevar a cabo las prospecciones petrolíferas frente a Canarias.  

Estaban pendientes de ser realizadas desde 2001,  cuando otro gobierno del Partido Popular, entonces liderado por José María Aznar, puso en marcha el proceso administrativo necesario para confirmar que bajo el lecho marino que se extiende al este del Archipiélago se esconde, al menos, el 10 por ciento del consumo de crudo en España.

Esta decisión, tomada paradójicamente por el ministro de Industria canario José Manuel Soria, ha conseguido levantar un frente común en las Islas de oposición a las futuras prospecciones.

Tanto desde la sociedad civil, a través de movimientos ecologistas y ciudadanos, como desde las instituciones canarias –cabildos, ayuntamientos y Ejecutivo regional- se han apresurado a rechazar el Real Decreto, que califican de perjudicial para los intereses regionales, tanto desde el punto de vista económico, por sus efectos nocivos sobre el turismo, como medioambiental.

Sin embargo, parece poco probable que Canarias vaya a enfrentarse desde la unidad a esta luchar por evitar que Repsol perfore definitivamente  en los cuadrantes delimitados frente a Lanzarote y Fuerteventura.

Los ecologistas ya han precisado que no estarán al lado del Ejecutivo autonómico, y en particular de su presidente, Paulino Rivero, que por cierto ha hecho de su frontal negativa a las prospecciones una bandera con la que tapar a los 279.000 parados que hay censados en Canarias, un paño que le ha servido también para acusar al Gobierno de España de comportarse con  las Islas del mismo modo en que las antiguas metrópolis lo hacían con sus colonias.

Esta ausencia de un bloque común contra uno de los mayores riesgos ecológicos a los que se ha enfrentado esta región, según explican la mayoría de los expertos, se debe a la posición mantenida por Coalición Canaria, no hace tanto tiempo, en cuestiones vitales para la biodiversidad de este territorio, en especial, el Catálogo de Especies Amenazadas.

A pesar de haber encontrado la oposición más encarnizada de la mayoría del mundo académico, así como de los movimientos ecologistas, Coalición Canaria –y el Partido Popular- defendieron a capa y espada en el Parlamento  la aprobación del nuevo catálogo, la construcción del Puerto de Granadilla o la instalación (futura) del gas en Gran Canaria y Tenerife.

Mención aparte requiere el Partido Socialista Canario (PSC-PSOE), cuyo secretario regional y vicepresidente autonómico, José Miguel Pérez, no escondió hace algo más de un año su predisposición a que Repsol llevara a cabo los trabajos de exploración argumentando, dijo entonces,  que solo veía “ventajas” tanto en seguridad como en cooperación.

Entre ese momento y ahora han mediado unas elecciones regionales y su posterior incorporación al pacto con el que junto a los nacionalistas gobiernan en las Islas Canarias, y en virtud del cual,  Pérez es ahora vicepresidente del Gobierno canario. Ay, qué dura es la hemeroteca de los periódicos para según qué cosas.

Ante tal panorama, y durante una charla informativa este martes en Las Palmas de Gran Canaria organizada por Ben Magec, este colectivo se apresuró a clarificar su posición respecto al neo-medioambientalismo de CC y PSC. “No habrá boda con el Gobierno de Canarias. No compartimos ni coincidimos su postura en temas como el gas o el catálogo de especies. No nos casaremos con ellos”, han afirmado de manera rotunda.

Un ejercicio previsible de coherencia de este grupo ecologista, uno de los mayores azotes de Coalición Canaria en todas aquellas decisiones recientes que han afectado a los valores naturales del Archipiélago. Lamentablemente cabe preguntarse si no sería más eficaz para la consecución del objetivo que Gobierno regional y ecologistas crearan un frente común con el que luchar por la paralización de las prospecciones.

Pero éstos últimos están legitimados para mirar al Ejecutivo Regional, dada su actual composición y el historial que les avala, y recordarles que si un día desertaron de la causa medioambiental, no pueden esperar ahora ser bienvenidos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Una puerta hacia el '63.

Tras caminar un rato encima de una antigua conducción de agua, atravesando un bosque de eucaliptos, se llega a este rincón difícil de clasificar. Las pinturas de colores vivos junto al olor del laurel extendido al sol de media tarde invitan a los sentidos a relajarse. Es un entorno a medio camino entre lo irreal y lo mágico, al pie de un barranco. El círculo se cierra cuando alguien te dice: “Bienvenido. Has llegado a la Casa de las Brujas”. 

Jenz, Korbi, Jacob y Kadi están subidos al tejado esperando para dar la bienvenida a Baba Uino (pseudónimo), mi guía y precursor del proyecto que ha revolucionado este pedazo de tierra. Es el único español en este cruce espontáneo de nacionalidades que convive en las medianías de la Isla de Gran Canaria. Aquí, en el lugar más insospechado, experimentan lo que ellos consideran una vida libre y plena, respetuosa con el medio ambiente y alejada de cualquier dogma que hunda sus raíces en el siglo XXI.

Se conocieron hace unos meses haciendo barco-stop en el muelle de Las Palmas de Gran Canaria. Este lugar es un punto habitual de reunión de jóvenes, en su mayoría europeos, que se enrolan de forma gratuita en las tripulaciones de las embarcaciones a vela que cruzan el Atlántico con destino al Caribe. A cambio prestan servicios a bordo, como limpiar, cocinar o ayudar en las labores de navegación.

Por entonces, Baba llevaba algún tiempo recuperando poco a poco esta vivienda olvidada a unos kilómetros de sus zonas habituales de juego cuando era niño. Localizada en el pueblo del que procede parte de su familia, la Casa de las Brujas se convirtió en la excusa perfecta para olvidar temporalmente al continente americano. 

Unas horas después, esta nueva familia disfuncional pero con sólidos valores comunes, había encontrado junto a la antigua Selva de Doramas un hogar en el que compartir sus vidas hasta que cada uno volviera a poner rumbo a su próximo destino, desconocido incluso para ellos.

Tras limpiar y recoger toda la basura acumulada en el interior, se pusieron manos a la obra para habilitar  los caminos que rodean y dan acceso a la casa, recuperar las acequias o extraer la tierra y piedras acumuladas en los dos aljibes que surten a la ducha o la cocina, y que llenan gracias a la lluvia.

“Sólo nos hemos gastado algo de dinero para comprar en la ferretería 30 metros de tubería”, explica uno de ellos, con la que han distribuido el agua por distintos puntos de la vivienda: cocina, ducha –en el antiguo alpendre de los animales- o zonas de cultivo.

No hay electricidad, por lo que sus ritmos diarios vienen determinados por la luz solar. Solo disponen de unos minúsculos paneles fotovoltaicos -construidos artesanalmente por Jacob- con los que cargan pequeños aparatos eléctricos, como un reproductor de música que lleva acoplados unos altavoces.

Todo lo que puedan necesitar, desde comida, ropa o utensilios para trabajar en el campo, lo reciclan. Además, han plantado una pequeña huerta con ajos, cebollas o acelgas y gracias a un libro sobre plantas medicinales han descubierto que la casa está rodeada de distintas hierbas con las que hacer infusiones, aderezar la comida o perfumar la casa. Con la leña que recogen  hacen el fuego para comer o para calentarse cuando hace frío.

“Buscamos en el contenedor que está en el exterior del supermercado al final del día. Es increíble como en un pueblo tan pequeño como éste se pueden llegar a desechar hasta 30 kilos de comida en perfecto estado en un solo día. Frutas, verduras, queso, carne o pan, muchas veces dentro de los envases cerrados”, cuenta Korbi, la única chica del grupo.

Es del norte de Alemania, tiene 26 años, unos grandes ojos color turquesa y un historial recorriendo el mundo desde hace más de un lustro. Reconoce que al comienzo muchos vecinos en el pueblo –que no llega a los 8.000 habitantes-  les miraban con rareza poco acostumbrados a ver personas rebuscando ropa o comida en la basura.

“Si sonríes a la gente, nunca tienes problemas”,  afirma esta joven, que recuerda el primer día que junto a dos de sus compañeros se paseó por el pueblo mientras ellos llevaban falda y ella pantalones. “Todo el mundo los miraba como si estuvieran locos”, continúa. “Si ya hubo una revolución cuando las mujeres decidimos llevar pantalones, ¿por qué los hombres no iban a tener la suya para llevar falda?”, dice.

En la casa no hay normas.  Las puertas nunca se cierran y están abiertos a que se sume cualquier persona que decida compartir el espacio que han ocupado, en el que aprovechan para pintar, hacer música o meditar.  Eso sí, debe imperar siempre el respeto. Es la única condición, junto a la de echar una mano en las tareas diarias que permiten mantener la casa al día.

“Nos gusta vivir en la naturaleza, en paz. Alejados de las ciudades. Aprovechando todo aquello que la tierra nos da”, cuenta con tranquilidad Jenz mientras se lía un cigarro. “Tratamos de aprovechar y cuidar todo lo que podemos el campo”. Si arrancan una pita que entorpece un camino, inmediatamente es replantada en otro lugar donde pueda seguir su vida.

Están contentos en Gran Canaria, donde destacan el ritmo sosegado de la gente. “Una de las primeras palabras que aprendimos en español fue tranquilo”, dicen entre risas. Caminan descalzos y encuentran con soltura la forma de buscar asiento en el suelo.  Kadi, también de origen alemán, hace poco que se hizo daño en un dedo.

“Al rellenarme la ficha me preguntaba la médico: ¿en qué trabajas? No trabajo. ¿Dónde vives? En el campo. ¿A qué te dedicas? A viajar y vivir en tranquilidad.  Mientras se lo decía ella me miraba con curiosidad y acabó diciéndome: ¡yo quiero también tener esa vida!”, cuenta detrás de una tupida barba que esconde su verdadera juventud.

Pero todos ellos insisten que es más sencillo seguir su modelo, a pesar de la absoluta carencia de comodidades, que el nuestro, marcado por las hipotecas, la compra del coche y la “permanente necesidad de consumo”.  Sin embargo, todos saben que su estancia en la isla llegará antes o después a su fin.

Será entonces cuando el destino que un día los juntó en este paraje mágico, los vuelva a separar. “¿No les dará pena? Quizá no se vuelvan a ver más”, pregunto tras ver la fuerte conexión desarrollada entre todos. 
“Seguro que nos volvemos a encontrar. El mundo es muy grande, pero no hay muchos sitios bonitos como éste donde podamos ir”, contestan. 

Pie: La Casa de las Brujas, desde la distancia.

Pie: Korbi, Jacob, Kadi y Jenz, en el tejado.

Pie: En esta zona guardan ropa reciclada para cualquiera que venga a la casa.

Pie: Vistas sobre el barranco de Azuaje, desde la casa.
                                    
Pie: Jenz y Kardi, en el taller de música (nota: las fotos solo se publican en B/N, salvo aquellos casos donde el color aporte valor explicativo). Las paredes, al fondo, convertidas en murales.

Pie: Despensa con parte de la comida que rescatan de los restos desechados por el supermercado.

viernes, 20 de enero de 2012

Un barrio perdido entre números

En el bloque 26 está la iglesia. Debajo del nueve, la farmacia.  Y el cuatro goza de una de las mejores vistas sobre la bahía de Las Palmas de Gran Canaria.  En el barrio de El Lasso (5.000 habitantes, 60% de paro), la vida transcurre entre números. Pero desgraciadamente pocos le son favorables.

“Hemos llegado a la conclusión de que no somos un barrio olvidado. Para eso, deben conocerte antes. El Lasso es un barrio desconocido”, se lamenta David, uno de los vecinos y vicepresidente de una asociación de vecinos. Tiene 33 años y durante toda su vida ha vivido aquí.

No hay ni rastro de locales comerciales. Ni supermercado, ni frutería, ni zapatero. Compran los productos de primera necesidad en lo que, en jerga local, los vecinos llaman “el carrillo”, una pequeña venta  pintada de azul y amarillo que recuerda vagamente a las antiguas tiendas de aceite y vinagre.

La farmacia está instalada en los bajos de uno de los edificios desde el año 1984, donde antes había una vivienda que ha sido reconvertida. “¿Robos?”, pregunto. “No más que en cualquier otro barrio”, me responden.

“Los muchachos del barrio son buenos. Pero están casi todos en el paro y tienen que buscarse la vida”, dice David.  Ninguno, me reitera, bailando sobre el alambre de la justicia. Con la retirada de las infraviviendas (chabolas) en la trasera del Martín Freire, hace más de una década, todo aquello terminó.

“Ahora los problemas son  otros”, interrumpe otro vecino. No existen zonas ajardinadas y, las que hay, están secas.  Tampoco hay plazas donde el barrio pueda hacer vida en común. En el único parque infantil hace dos años hubo un brote de sarna. La zona está sin proteger, por lo que entran animales.  Y si jugando se escapa un niño, se encuentra con un barranco de unos 15 metros.

Las carencias del barrio son absolutas y a todos los niveles. Pero esta zona de Las Palmas de Gran Canaria, que toca con los dedos el techo de la ciudad, tiene sus propios símbolos. Pepa, otra vecina, me conduce hasta una extensión de terreno, cercana a San Juan de Dios, que en algún momento aspiró a convertirse en un parque.

Ahora no es más que un pastiche de palmeras, árboles secos, picón y excrementos. Entre las ramas, un altar y una imagen. “Es un Cristo de la Misericordia”, explica, mientras se acerca y, a través una valla, lo acaricia  mientras en voz baja recita una oración. Hace varios años, cuando no estaba protegido, alguien le prendió fuego.

“Los jóvenes se turnaban para ver si el que lo hizo volvía y lo podían coger”, dice desde la distancia David.  Cada mes de septiembre, aunque parece increíble, se celebra una misa en este lugar en honor al santo.
 Llama la atención el  sentido de comunidad que existe en esta zona de la ciudad. Todos se conocen y no pierden la oportunidad de saludarse. El tiempo pasa más despacio en El Lasso. Y desgraciadamente, no solo para las personas.

La línea 51 es la única que sube al barrio.  La 55, los fines de semana, tarda sesenta minutos en llegar al teatro, aseguran al unísono David y Pepa.  “A mí me encanta la vela latina y muchos domingos, como no conduzco y casi no hay guaguas que bajen a Las Palmas, lo que hago es que me voy al mirador y desde allí veo la regata entera”, se lamenta David.

Paradójicamente, no sólo El Lasso pierde estando desconectado de la capital. La ciudad deja cada día de gozar de una de las mejores postales que existen de la bahía. De un simple vistazo se abarca con la mirada la extensión que recorre la entrada sur, incluyendo la potabilizadora, hasta La Isleta.

El Lasso surgió hace más de 30 años y vio crecer su población en la última década tras la construcción, a unas decenas de metros de los 40 bloques originales, de otras 300 viviendas en las que realojaron a familias como la de Pepa, que venía del Lomo Apolinario.

“Cuando me dijeron que me venía aquí pensé: Jesús, pero si me mandan al destierro”.  Ella, al igual que el resto de vecinos de las construcciones más recientes, pagan un alquiler asequible por habitar las casas. En el caso de los bloques más antiguos, sus inquilinos gozan ya de la propiedad que tiempo atrás fue también pública.

A pesar de las carencias que denota el barrio, sus vecinos cuentan con orgullo que El Lasso fue el primero de la ciudad que gozó de un campo con césped artificial.  “En ese campo llegó a jugar el Taburiente, un equipo de hockey hierba”, dice David mientras nos dirigimos hacia él.

El campo luce una evidente deformidad en su zona central, que inhabilitó la cancha hace ya varios años. El terreno cedió y la instalación tuvo que ser desechada ante la imposibilidad de poder desempeñarse ninguna actividad deportiva.

Otro golpe más para la moral del barrio, que parece haber asumido con estoicismo (y desgana) su permanente lucha contra el destino. Sin embargo, desde la distancia, varias personas practican deporte en una de las esquina de la cancha, cuyo pavimento está prácticamente destrozado.

Al acercarme, veo a un grupo de ecuatorianos que pasa la tarde jugando al voleibol. Jugaban en los campos de La Ballena, pero tras ser desalojados, han encontrado en este campo una opción alternativa para pasar los viernes por la tarde.  Tras varios intentos, al final acceden a sacarse una foto.

“No serás policía, verdad?”, me dice uno de ellos con cara de preocupación. “No, soy periodista”, le respondo.  “Pues entonces sácame guapo con mis compadres”,  replicó orgulloso mientras hincaba una rodilla en el suelo y se colocaba en uno de los extremos de la formación. 

Pie de foto: Grupo de ecuatorianos que usan los campos de El Lasso, a pesar de estar inutilizados




Pie de foto: David, apoyado en el marcador del campo de fútbol.




       
Pie de foto: Vista general de El Lasso

 Pie de foto: Farmacia de El Lasso, a los pies del bloque 9




 Pie de foto: Iglesia de El Lasso, en el bloque 26



 Pie de foto: Vista de Las Palmas de Gran Canaria, desde El Lasso


lunes, 16 de enero de 2012

Y entonces empecé a hervir. Prólogo.


El día que se cumplía mi quinto mes como parado reventé como una sandía que se nos cae al suelo. Pensaba que lo estaba llevando bien, pero la realidad era que no. Demasiado tiempo fuera de circulación. Cuando me fui a vivir a Chicago muchos me animaron: “ábrete un blog y nos vas contando qué tal”. Fue tan bien que no tuve tiempo ni para planteármelo. Pero ahora la cosa es distinta. Ahora sí tengo tiempo libre y cosas que contar. Pero como no tenía donde hacerlo, he optado por esta fórmula. “Qué más da donde lo cuentes”, me dije.  “Lo importante es que lo cuentes”, me quise tranquilizar...

Lo siguiente que hice fue abrir este blog. No tiene mucha enjundia estética. En realidad es uno más de los miles de blogs que a diario gente como yo abre en este portal.  Lo que espero que me diferencie del resto son las historias que contendrá. De todo tipo, pero siempre del lado de la calle.  Preferentemente en Canarias, que es donde vivo. Pero si salgo fuera, contaré las historias de fuera. Y tengo poco más que decir.

Con respecto a mí: cuando escribo esto me quedan siete meses para darle la bienvenida a la treintena. Soy periodista, porque un título lo dice y, sobre todo, porque mi madre puede dar fe de que nunca quise ser otra cosa. Escribí un libro sobre reporterismo en televisión que, por cada ejemplar vendido, me reporta el precio de un botellín de cerveza. Tengo gafas y, como miles de compañeros, un currículo lleno de hazañas que sirve para poco a la hora de encontrar trabajo.

Ahora, mientras el paro me lo permita y no tenga que cambiar de actividad profesional para poder pagarme el alquiler y hacer la compra, intentaré hacer lo que me gusta: contar historias de la calle. A pie de calle.  Quizá quede poco tiempo. Pero pienso aprovecharlo.